lunes, agosto 31, 2009

Pajaro pescador


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miércoles, agosto 26, 2009

Tres monos


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jueves, agosto 06, 2009

La prueba final

"Dime a quién amas, y te diré quién eres."

(Houssaye)

John Blanchard se levantó del banco, arreglando su uniforme, y estudió la multitud de gente que se abría paso hacia la Gran Estación Central. Buscó la chica cuyo corazón el conocía pero cuya cara nunca había visto, la chica de la rosa...

Su interés en ella había comenzado 13 meses antes en una Biblioteca de Florida. Tomando un libro del estante, se encontró intrigado, no por las palabras del libro sino por las notas escritas en el margen. La escritura suave reflejaba un alma pensativa y una mente brillante. En la parte del frente del libro descubrió el nombre de la dueña anterior, la señorita Hollys Maynell. Con tiempo y esfuerzo localizó su dirección.

Ella vivía en Nueva York. El le escribió una carta para presentarse y para invitarla a corresponderle. Al día siguiente, John fue enviado por barco para servir en la Segunda Guerra Mundial. Durante un año y un mes, los dos se conocieron a través del correo, y un romance fue creciendo. John le pidió una fotografía, pero ella se negó. Ella sentía que si a él de verdad le importaba, no importaría como ella luciera.

Cuando por fin llegó el día en que él regresaría de Europa, arreglaron su primer encuentro: a las 7:00 pm en la Gran Estación Central de Nueva York. "Tú me reconocerás" dijo ella, "por la rosa roja que llevaré en la solapa". Así que a las 7 John estaba en la estación buscándola.

Dejaré que el señor Blanchard les diga lo que sucedió: "Una joven mujer vino hacia mí, su figura alta y esbelta. Su cabello rubio y rizado se encontraba detrás de sus delicadas orejas; sus ojos eran azules como flores. Sus labios y su mentón tenían una gentil firmeza y en su traje verde pálido era como la primavera en vida. Yo comencé a caminar hacia ella sin darme cuenta que no llevaba la rosa.

Mientras me movía, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios: "¿Vas por mi vía, marinero?", murmuró ella. Casi incontrolablemente di un paso hacia ella y entonces vi a Hollys Maynell. Estaba parada casi directamente detrás de la chica. Una mujer ya pasada de sus 40, con cabello grisáceo bajo un sombrero gastado. Era más que regordeta, sus pies con gruesos tobillos descansaban en zapatos de suela baja.

La chica en el traje verde se iba rápidamente. Sentí como si me partiera en dos: mi deseo tan agudo de seguirla y a la vez tan profundo mi anhelo por la mujer cuyo espíritu me había acompañado y apoyado. Y ahí estaba ella. Su pálida y rolliza cara era gentil y sensible, sus ojos grises tenían un brillo cálido y amigable. No vacilé. Mis dedos apretaron la pequeña y usada copia de cuero del libro que era para identificarme con ella. Esto no sería amor, pero sería algo preciado, algo quizá mejor que el amor, una amistad por la que había y debía estar siempre agradecido.

Cuadré mis hombros, saludé y le ofrecí el libro a la mujer, aunque mientras hablaba me sentí ahogado por la amargura de mi decepción... "Soy el Teniente John Blanchard, y usted debe ser la Srta. Maynell. Estoy muy contento de que nos pudiéramos conocer; ¿la puedo llevar a cenar?"

La cara de la mujer se ensanchó en una sonrisa tolerante. "No sé de qué se trata esto, hijo", respondió, "pero la señorita de traje verde que se acaba de ir me rogó que usara esta rosa en mi abrigo. Y ella dijo que si usted me invitaba a cenar yo le diría que lo está esperando en el restaurante de enfrente. Ella dijo que era una clase de prueba."

No es difícil de entender y admirar la sabiduría de la Srta. Maynell. La verdadera naturaleza de un corazón se ve en su respuesta a lo no atractivo.

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martes, agosto 04, 2009

Natasha Binder: un prodigio del piano

Tiene 8 años. Es bisnieta de antonio de Raco. Toda su familia se dedica a la música. Hoy actúa, con entrada libre, en La Plata.

fuente: Clarin.com

Natasha Binder es el último eslabón de una dinastía pianística iniciada en Buenos Aires por sus bisabuelos, Antonio De Raco y Elizabeth Westerkamp e impulsada por la infatigable Lyl, hija mayor de ese matrimonio, madre y maestra de los notables Karin Lechner y Sergio Tiempo.

Natasha es hija de Karin. Tiene ocho años y un talento musical indiscutible. Toca el piano desde siempre y hace dos años, cuando tenía siete, ofreció un concierto con una orquesta londinense. Vino a Buenos Aires para presentarse en el Teatro Argentino de La Plata, en un concierto con orquesta que la epidemia de la gripe A obligó a cancelar. Sin embargo, contra viento y marea, Natasha se presenta hoy con un programa que recorre la historia del instrumento, en la platense Asociación de Amigos del Conservatorio Provincial Gilardo Gilardi.

Aunque no nació en Argentina, su perfecto dominio del castellano -en su variante porteña, con giros lunfardos incluidos- y su debilidad por el dulce de leche y los Havannets hacen olvidar que Natasha nació en Bruselas.

Las rutinas de Natasha no se diferencian de la de cualquier chico que va a la escuela jornada completa. "Vuelvo a casa, meriendo -porque allá el colegio es de doble jornada obligatoria así que tengo ocho horas de clase- y hago las tareas antes de sentarme a tocar", cuenta.

Sin embargo, la casa a la que regresa no podría definirse como un hogar convencional. "Tiene varios pisos, y en cada piso hay un piano", describe. Actualmente en la casa hay cinco piano y uno de ellos está en el sótano, equipado como un pequeño auditorio en el que los alumnos de Karin y Lyl toman clases y ofrecen recitales. Como si este estímulo no fuera suficiente, del otro lado de la medianera Natasha escucha sonar el piano de una vecina notable, Martha Argerich, amiga íntima de su abuela Lyl y entusiasta testigo de los progresos de la niña.

Practicás todos los días, ¿siempre con el mismo entusiasmo?
A veces no me dan tantas ganas de sentarme a estudiar. En realidad no es que no quiera tocar el piano sino que tengo ganas de hacer también alguna otra cosa. Pero no es que me dé pereza. Para mí tocar el piano es muy divertido.

¿Y qué son esas otras cosas que también te dan ganas de hacer?
Jugar, jugar a que soy otra persona o que soy un animal, también al ajedrez con mi abuela. Me gustaría jugar con mi tío Sergio pero para eso voy a tener que esperar unos años porque todavía no puedo ganarle. Y también, cuando está lindo el tiempo, me gusta salir con mi papá al parque, a jugar al frisbee.

¿Ni siquiera te abruma el trabajo con una obra nueva?
No... La última obra que armé fue un Impromptu de Schubert. Y sí, al principio siempre decís que es muy difícil, pero después las cosas empiezan a salir y cuando ya empezó a sonar te da ganas de saberlo cada vez mejor y ahí ya no podés dejarlo, querés más y más.

¿Te pone nerviosa el momento de tocar frente al público?
Al principio me ponía nerviosa. Cuando tenía tres años tenía que tocar el primer concierto de esos que organiza mi abuela con sus alumnos y no quise, dije que no quería y no toqué. Pero al año siguiente me dio ganas y la pasé muy bien tocando y después siempre quise, siempre me gustó. Ahora tocar frente al público es una fiesta y para mejor después de tocar viene la otra fiesta que es comer los sandwichitos.

¿Hay algún repertorio con el que te sentís más cómoda, algún compositor que te guste más?
Con cada uno de los compositores me siento cómoda por alguna razón. Por ejemplo, de Bach me gusta la técnica y con Mozart me hace sentir bien el ritmo.

¿Pensaste que te gustaría ser cuando seas grande?
Uff, muchísimas cosas: cantante, actriz, pianista, fotógrafa, estilista, neurocirujana, camarera, vendedora de pianos, vendedora de discos, abogada... Si me das 40 minutos más te digo la lista completa.-

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