lunes, septiembre 10, 2007

Una férrea obstinación

De cómo un amigo extraordinario me infundió valor para realizar mis sueños.
Por Joan Curtis

Conocí a Lamar Dodd hace más de 15 años, al visitar una concurrida exposición de sus cuadros en el Museo de Arte de Georgia, en la ciudad de Athens.

Dodd era una leyenda en la ciudad: había formado una escuela de pintores jóvenes y fundado uno de los centros de enseñanza de pintura más prestigiosos de Estados Unidos: el de la Universidad de Georgia. Sin embargo, para mi era mucho más que un eminente educador; era un hombre que se había atrevido a vivir su sueño, cosa de la que yo estaba todavía muy lejos.

Yo daba capacitación en administración a empleados de la universidad del estado desde hacía años, pero la rutina y la burocracia comenzaban a abrumarme. Me encontraba en una encrucijada de mi vida profesional: podía quedarme donde estaba, en la seguridad, pero sin esperanza de desarrollo, o podía echar a andar mi propio negocio, anhelo que acariciaba secretamente desde hacía largo tiempo.

Mientras cruzaba los recintos de mármol del museo del brazo de mi marido, vi a personas elegantemente vestidas que platicaban desenfadadamente, y me sentí fuera de lugar entre aquellos triunfadores rebosantes de confianza en sí mismos. Dodd estaba en medio de la sala de la exposición, rodeado de un círculo de admiradores. No era un hombre alto -mediría tal vez 1.75 metros de estatura- pero llamaba la atención. Una esponjada mata de pelo blanco le coronaba la cabeza, y usaba un bastón con empuñadura de oro.

Cuando nos acercamos, me impresionó la brillantez de sus ojos azul claro. Me bastó conversar con él unos momentos para darme cuenta de que, mientras me hablaba, centraba en mí toda su atención. Había algo en su manera de tratarme que me infundió fuerza y la sensación de formar parte del grupo.

Me puse a observar sus cuadros. Los había pintado por encargo de la NASA para conmemorar los viajes espaciales. Eran obras de gran formato en las que predominaban las líneas y los manchones de vivos colores. Los conceptos y los poderosos efectos de movimiento plasmados por el artista eran tan audaces como las proezas que celebraban.

Creí que no volvería a ver a Dodd después de esa noche, pero una semana después llamó por teléfono para invitarnos a ver los bosquejos que había hecho para un cuadro y a hablar sobre su obra.

Nos recibió en la puerta y nos condujó a su estudio. En mitad de la habitación se alzaba un caballete con una enorme tela. A la derecha del caballete, sobre una mesita, había frascos, pinceles y paletas con pintura; Había lienzos desperdigados por toda la habitación.

Dodd nos explicó que en ese cuadro quería representar el resurgir del alma después de la enfermedad. Se preguntaba cuál sería la mejor manera de plasmar la agitación, el sufrimiento y la curación que constituyen la esencia de la existencia humana. Mi marido y él se pusieron a hablar de las imágenes que mejor comunicarían esas ideas.

-¿Usted que opina, señora?- me preguntó.

Fue tal la naturalidad con que me invitó a participar en la discusión que más tarde, mientras tomábamos café, le revelé mi sueño de poner un negocio que me permitiera enseñar y escribir, las dos cosas que más me gustaban en la vida.

-Pero le da miedo- me dijo sin rodeos-. Yo ya he pasado por eso.

-¡No puedo creerlo!- repuse.

-¿Por qué no? Toda mi vida he tenido miedo. Pero la valentía no es más que una férrea obstinación, y yo tengo bastante de eso. Es algo que te impulsa a levantarte todos los días y hacer lo que tienes que hacer; a persistir aunque el mundo se te venga encima, y a seguir adelante cuando otros te empujan hacía atrás.

"Cuando salí de la escuela de enseñanza media", continuó, "entré en el Tecnológico de Georgia para estudiar arquitectura, pero pronto me dí cuenta de que no tenía vocación. Estaba ahí porque quería complacer a los demás, no a mí mismo. Antes de que pasara un año volví a casa sintiéndome un fracasado. Me encerré en mi cuarto y ahí me quedé".

-¿Cómo salió adelante?

-Me ofrecieron empleo en una escuela pequeña como maestro de pintura. El contacto con los jóvenes me ayudó a desechar mis dudas y temores, y decidí entregarme en cuerpo y alma a la pintura. Me propuse trabajar todos los días, sin importar cómo me sintiera.

...Y lo demás es historia, pensé. Ojalá fuera así de fácil para mi.

Pero lo demás no era historia, ni había sido fácil. Después de dedicarse un año a la enseñanza, Lamar se fue a Nueva York, dónde padeció soledad, pobreza y profesores que despreciaban su obra. Me enteré de que su vida estaba llena de las mismas dudas y dificultades que nos afligen a todos. la diferencia estaba en que él había podido vencer las barreras.

Lamar y yo nos hicimos amigos, y fue así como conocí de cerca su obstinación llevada al extremo. Un día, cuando salíamos de almorzar en un restaurante, estaba lloviendo y él me acompañó a mi coche. Una vez ahí, le ofrecí llevarlo hasta donde estaba el suyo.

-De ninguna manera- repuso-. Un poco de lluvia no le hace daño a nadie.

Ni siquiera aceptó que le prestara mi paraguas. Creyendo que yo podía ser tan obstinada como él, lo acompañé a pie hasta su auto cubriéndolo con el paraguas. Entonces me dijo que sería un agravio para su hombría permitir que una dama fuera sola hasta su coche, y se empeñó en regresar conmigo, así que volvimos a pasar bajo la marquesina del restaurante, frente a las miradas de curiosidad de los parroquianos. Por fin lo dejé regresar solo a su coche. Iba hecho una sopa, pero con el orgullo intacto.

A menudo iba a visitarlo a su casa, y él siempre me animaba a aceptar el reto de realizar mis sueños, pero yo aún no me atrevía a emprender el negocio que anhelaba. Por aquella época Lamar pintó una serie de acuarelas de llamativos colores, inspiradas en sus recuerdos de unos girasoles que había visto en Cortona, Italia, y de unos pescadores de la costa de Maine. Su imaginación y su capacidad creadora parecían inagotables.

Entonces, cuando menos lo esperaba, sufrió un ataque de apoplejía.

Durante semanas no me atreví a ir a verlo. Tenía paralizada la mano derecha, que era con la que pintaba, lo que me hacía pensar que su valeroso espíritu estaría abatido.

Por fin me decidí a visitarlo. Llamé a la puerta y oí acercarse unos pasos lentos. Entonces apareció en el umbral la bien conocida mata de pelo blanco. Los ojos estaban un tanto empañados, pero no habían perdido su brillo peculiar.

-¡Qué gusto verte!- me dijo.

Su voz parecía una grabación tocada un poco más despacio de lo normal. Estaba apoyado con la mano mala en el bastón de empuñadura de oro. Pasamos a la salita contigua a su estudio y hablamos de todo, menos de su desgarradora transformación. Como el caballero que era, poco a
poco llevó la conversación hacia mí; hacía mis intereses y ambiciones.


Antes de irme pasé al baño. Cuando volví para despedirme, lo vi en su estudio. Había andado penosamente hasta su caballete y estaba absorto ante el cuadro que tenía en él: un óleo magnífico, de una isla en un agitado mar turquesa. Yo lo miraba en silencio desde el pasillo, y sentí que el corazón se me rompía. ¡Qué triste debe de ser contemplar una obra propia que ha quedado inconclusa y ya no se puede terminar!

Pero entonces ocurrió algo extraordinario. Lamar tomó un pincel con la mano izquierda y lo acercó lentamente al lienzo. Luego se lo puso en la inerte mano derecha y, en un supremo esfuerzo, lo aprisionó entre dos dedos, descansando el mango contra la palma. Por último, guiándose la mano mala con la buena, hizo correr el pincel por el lienzo, dejando en él una perfecta línea de color.

Momentos después se volvió hacia mí y devolvió el pincel a la mesita.

-Haz el intento- me dijo-. Recuerda que la valentía no es más que una férrea obstinación.

Con lágrima en los ojos, caminé hasta él, le di un beso en la mejilla y me marché.

Esa visita cambió el rumbo de mi vida. Renuncié a mi trabajo y abrí un despacho de asesoramiento, como siempre había soñado. Al igual que Lamar, afronté el riesgo de dejarlo todo para ir en pos de lo desconocido; al igual que Lamar en sus primeros tiempos, no estaba segura del éxito, y como Lamar -que siguió pintando hasta su muerte, ocurrida en 1996, a los 86 años-, confió en que podré vencer los obstáculos que me encuentre en el camino.

Mi querido amigo y mentor estaba en lo cierto al decir que la valentía era una forma de obstinación. Y de entonces a la fecha he comprendido que es mucho más. Es la esencia del espíritu creador, la fuerza vital del corazón humano .

Selecciones del Reader´s Digest, México, Mayo de 1997,
Págs. 37-40.

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La Casa Encantada

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín.

Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca.

En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó.

Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.

Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

—Espéreme un momento —suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.

—Dígame —dijo ella—, ¿se vende esta casa?

—Sí —respondió el hombre—, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!

—Un fantasma —repitió la muchacha—. Santo Dios, ¿y quién es?

—Usted, dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

ANONIMO

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Cayo el telón

Lo declamó a voces
sin escatimar palabras.
Se lo escribió mil veces,
en cada letra, asomaba el alma.
Por cada verbo, en cada signo;
amores suspiraba.


En los besos ofrecidos
y los que no aceptaba.
En los consuelos rogados
y las caricias esquivadas.
A todas horas,
cada minuto se lo gritaba.


Te quiero, te quiero...
Mas él no escuchaba,
sus oídos estaban sordos,
en la mente, la sordera instalada.
Te quiero, te quiero…
La mirada lo prometía,
la sonrisa lo atestiguaba.
Te quiero, te quiero,
por los poros la piel cantaba...


Ella despilfarrando ternuras,
él, la indiferencia como arma,
sin espacio en su aforo
para la pasión encarnada.
En la lengua los te quiero
de impotencia se desangran...


Al tercer acto llegó el desamor,
el fin, lo firmó la nada.
Cayó el telón,
el escenario se hizo escarcha.
Se apagaron las candilejas,
se plegaron las butacas,
el drama dejó de representarse
en los teatros y las plazas.


Otra obra sin actores;
otra leyenda olvidada.

Trini Reina

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Cuida tu pareja


Voy a decir algo, que con seguridad va a molestar a muchos, pero que cuando se los explique les va a molestar más, y es que a veces cuidamos más lo SEGURO que TENEMOS, que lo INSEGURO.


Me explico: yo siempre digo, no cuides tanto a tu familia, cuida a tu PAREJA y la gente se sorprende!! ¿Pero cómo que no voy a cuidar a mi familia? ¡¡Es MI FAMILIA!! A tu familia no la tienes que cuidar. Es tu familia. TU FAMILIA está SEGURA, nunca se pierde.

¿Ustedes han oído decir a alguien “allí va mi ex hijo, allí va mi ex padre”? No, ¿verdad?. Pero han oído mucho, “allí va mi ex pareja”. Entre los padres, los hijos, los hermanos, los abuelos, los tíos, los primos… la familia es lo más seguro que se tiene, no hay ex.

Ellos están allí y por muchos años que duren sin verse, por mucho tiempo que tarden en escribirse ellos están allí. Usted no puede decir; “aquella señora que va pasando por allí, fue mi madre por 25 años”… Su madre está allí, ella está segura.

Es más, les voy a decir otra cosa… de todos los amores, que es tender lazos, de todos los puentes, el amor más débil que existe es el de PAREJA. En una pareja no hay consanguinidad. Por eso hay que darlo TODO, para formarse algo. Tener una pareja es como cuidar una flor. Si una flor no se riega, se muere, y si se riega mucho también. Hay que ser un artista para cuidar una flor. Yo no sé cuidar flores, por eso soy cura. Por eso, el amor de padre, de madre y de hijo es como tener un “cují coriano”, nadie los riega, pero está ahí.

Eso que llamamos AMOR ETERNO, se da en papá, en mamá, en un hijo y en amigos, que también pueden llegar a ser un amor eterno; es decir un amor sin condición. Pero el AMOR en una PAREJA es un AMOR DIARIO, que tiene que cuidarse TODOS LOS DÍAS.

Tengo un hermano en los Estados Unidos, que se fue hace más de diez años, y duramos ese tiempo sin comunicarnos. Nunca le llamé y puedo decirlo que, hasta por descuido. Siempre sabía de él, por nuestra madre, y cuando regresó, lo fui a buscar al aeropuerto, y al darnos el abrazo fue tan fuerte que lloramos de emoción. Allí estábamos. Pero vete lejos de tu pareja diez años… a ver qué encuentras.

Por eso EL AMOR DE PAREJA, es AMOR de todos los DÍAS. Yo puedo hablar con mis padres cada semana, una vez al mes… Pero si tuviera pareja, la estuviera llamando a cada momento. Y no es que sea bueno o no. Es que el AMOR es así.

Por ejemplo, yo comparo el AMOR de aquellas parejas que por alguna circunstancia del destino, tienen un hijo discapacitado. No es que no quieran a los otros hijos, ellos están seguros. De aquél hijo tienen que estar más pendientes, porque no se puede valer por sus propios medios, se puede caer, a lo mejor no come solo… En cambio los otros están bien, los quieren y saben que están ahí.

Si tengo una pareja, ese es el AMOR discapacitado. De ese tengo que estar más pendiente porque necesita más. El amor de los padres es independiente. El AMOR de PAREJA es dependiente. Ella depende de mí y yo dependo de ella. Estamos unidos “hasta que la muerte nos separe”, pero EL AMOR que nos debemos es como el amor de un hijo discapacitado.


Padre Ricardo Búlmez


La pareja no se apoya sobre la permanencia del amor y la sexualidad, sino sobre la permanencia de la ternura.


(Kostas Alexos)


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sábado, septiembre 08, 2007

EPISTOLA A LOS POETAS QUE VENDRAN

Tal vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
tal vez mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas
por donde venía la ardiente cólera.


Yo respondo:
por todas partes oíamos el llanto,
por todas partes nos sitiaba un muro de olas negras.
¿Iba a ser la Poesía
una solitaria columna de rocío?
Tenía que ser un relámpago perpetuo.


Mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire el pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras llueva sobre el pecho de los mendigos,
mi corazón no sonreirá.


Matad la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
No digáis el romance de los lirios.
Hay cosas más altas
que llorar amores perdidos:
el rumor de un pueblo que despierta
¡es más bello que el rocío!
El metal resplandeciente de su cólera
¡es más bello que la espuma!
Un Hombre Libre
¡es más puro que el diamante!


El poeta libertará al fuego
de su cárcel de ceniza.
El poeta encenderá la hoguera
donde se queme este mundo sombrío.


Manuel Scorza

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El arbolito

Mañana sería Navidad, y aún mientras viajaban los tres hacia el campo de cohetes, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo por el espacio del niño, su primer viaje en cohete, y deseaban que todo estuviese bien. Cuando en el despacho de la aduana los obligaron a dejar el regalo, que excedía el peso límite en no más de unos pocos kilos, y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban la fiesta y el cariño.

El niño los esperaba en el cuarto terminal. Los padres fueron allá, murmurando luego de la discusión inútil con los oficiales interplanetarios.

-¿Qué haremos?

-Nada, nada. ¿Qué podemos hacer?

-¡Qué reglamentos absurdos!

-¡Y tanto que deseaba el árbol!

La sirena aulló y la gente se precipitó al cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar, y el niño entre ellos, pálido y silencioso.

-Ya se me ocurrirá algo- dijo el padre.

-¿Qué?...- preguntó el niño.

Y el cohete despegó y se lanzaron hacia arriba en el espacio oscuro. El cohete se movió y dejó atrás una estela de fuego, y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, subiendo a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea, según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

-Quiero mirar por el ojo de buey.

Había un único ojo de buey, una "ventana" bastante amplia, de vidrio
tremendamente grueso, en la cubierta superior.

-Todavía no- dijo el padre. -Te llevaré más tarde.

-Quiero ver donde estamos y adonde vamos.

-Quiero que esperes por un motivo- dijo el padre.

El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y otro, pensando en el regalo abandonado, el problema de la fiesta, el árbol perdido y las velas blancas. Al fin, sentandosé, hacía apenas cinco minutos, creyó haber encontrado un plan. Si lograba llevarlo a cabo este viaje sería en verdad feliz y maravilloso.

-Hijo- dijo -,dentro de media hora, exactamente, será Navidad.

-Oh- dijo la madre consternada. Había esperado que, de algún modo, el niño olvidaría.

El rostro del niño se encendió. Le temblaron los labios.

-Ya lo sé, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron. ..

-Sí, sí, todo eso y mucho más- dijo el padre.

-Pero...- empezó a decir la madre.

-Sí- dijo el padre- Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo enseguida.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

-Ya es casi la hora.

-¿Puedo tener tu reloj?- preguntó el niño.

Le dieron el reloj y el niño sostuvo el metal entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el movimiento insensible.

-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

-A eso vamos- dijo el padre y tomó al niño por el hombro.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La
madre los seguía.

-No entiendo.

-Ya entenderás. Hemos llegado- dijo el padre.

Se detuvieron frente a la puerta cerrada de una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, en código. La puerta se abrió y la luz llegó desde la cabina y se oyó un murmullo de voces.

-Entra, hijo- dijo el padre.

-Está oscuro.

-Te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró, y el cuarto estaba, en verdad, muy oscuro. Y ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, ojo de buey, una ventana de un metro y medio de alto y dos metros de ancho, por la que podían ver el espacio.

El niño se quedó sin aliento.

Detrás, el padre y la madre se quedaron también sin aliento, y entonces en la oscuridad del cuarto varias personas se pusieron a cantar.

-Feliz Navidad, hijo- dijo el padre.

Y las voces en el cuarto cantaban los viejos, familiares villancicos; y el
niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el vidrio frío del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, mirando simplemente el espacio, la noche profunda, y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas...






Ray Bradbury

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El buda con 1000 manos

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viernes, septiembre 07, 2007

Belleza

No es necesaria una experiencia mística para descubrir que el mundo es bueno.

Basta percibir las cosas bellas y simples que existen a nuestro lado, ver las gotas de lluvia escurriéndose en los vidrios, despertarse a la mañana y descubrir que el sol brilla, escuchar a alguien que ríe.

Al actuar así, el mundo deja de ser una amenaza. Pasamos a darnos cuenta de que somos capaces de notar el milagro de existir, aceptamos que tenemos la sensibilidad suficiente para ver el amor que existe en nuestra alma.

Si somos capaces de ver lo que es bello, es porque también somos bellos ya que el mundo es un espejo y le devuelve a cada hombre el reflejo de su propio rostro.

Aun conociendo nuestros defectos y limitaciones, debemos hacer lo posible para conservar la esperanza y el buen humor.

Al final de cuentas, el mundo está haciendo un esfuerzo por ayudarnos, aunque la gente pueda creer lo contrario.



Chögyam Trunpga


Cuando la belleza se despierta, abre las puertas del día. Cuando se duerme, enciende las estrellas del cielo. Cuando sueña, callan todos los poetas. Cuando llora, tiemblan todas las almas, y cuando reza, calla el hombre, calla el viento y se arrodillan hasta los ángeles.

(Desconozco el autor
)

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jueves, septiembre 06, 2007

Maricón

Escúchame, César, yo no sé por dónde andarás ahora, pero cómo me gustaría que leyeras esto, porque hay cosas, palabras, que uno lleva mordidas adentro y las lleva toda la vida, hasta que una noche siente que debe escribirlas, decírselas a alguien, porque si no las dice van a seguir ahí, doliendo, clavadas para siempre en la ver­güenza. Escúchame.

Vos eras raro, uno de esos pibes que no pueden orinar si hay otro en el baño. En la Laguna, me acuerdo, nunca te desnudabas delante de nosotros. A ellos les daba risa. Y a mí también, claro; pero yo decía que te dejaran, que cada uno es como es. Cuando entraste a primer año venías de un colegio de curas; San Pedro debió de parecerte algo así como Brobdignac. No te gustaba trepar a los árboles ni romper faroles a cascotazos ni correr carreras hacia abajo entre los matorrales de la barranca. Ya no recuerdo cómo fue, cuan­do uno es chico encuentra cualquier motivo para querer a la gente, sólo recuerdo que un día éramos amigos y que siempre andábamos juntos. Un domingo hasta me llevaste a misa. Al pasar frente al café, el colorado Martínez dijo con voz de flauta adiós, los novios, a vos se te puso la cara como fuego y yo me di vuelta puteándolo y le pegué tan tremendo sopapo, de revés, en los dientes, que me las­timé la mano.

Después, vos me la querías vendar. Me mirabas.

–Te lastimaste por mí, Abelardo.

Cuando dijiste eso, sentí frío en la espalda. Yo tenía mi ma­no entre las tuyas y tus manos eran blancas, delgadas. No sé. De­masiado blancas, demasiado delgadas.

–Soltame –dije.

O a lo mejor no eran tus manos, a lo mejor era todo, tus manos y tus gestos y tu manera de moverte, de hablar. Yo ahora pienso que en el fondo a ninguno de nosotros le importaba mucho, y alguna vez lo dije, dije que esas cosas no significan nada, que son cuestiones de educación, de andar siempre entre mujeres, entre cu­ras. Pero ellos se reían, y uno también, César, acaba riéndose, acaba por reírse de macho que es y pasa el tiempo y una noche cualquiera es necesario recordar, decirlo todo.

Yo te quise de verdad. Oscura e inexplicablemente, como quieren los que todavía están limpios. Eras un poco menor que no­sotros y me gustaba ayudarte. A la salida del colegio íbamos a tu casa y yo te explicaba las cosas que no comprendías. Hablábamos. Entonces era fácil escuchar, contarte todo lo que a los otros se les calla. A veces me mirabas con una especie de perplejidad, una mira­da rara, la misma mirada, acaso, con la que yo no me atrevía a mirarte. Una tarde me dijiste:

–Sabes, te admiro.

No pude aguantar tus ojos. Mirabas de frente, como los chicos, y decías las cosas del mismo modo. Eso era.

–Es un marica.

–Qué va a ser un marica.

–Por algo lo cuidas tanto.

Supongo que alguna vez tuve ganas de decir que todos nosotros juntos no valíamos ni la mitad de lo que él, de lo que vos valías, pero en aquel tiempo la palabra era difícil y la risa fácil, y uno también acepta –uno también elige–, acaba por enroñarse, quiere la brutalidad de esa noche cuando vino el negro y habló de verle la cara a Dios y dijo me pasaron un dato.

–Me pasaron un dato –dijo–, por las Quintas hay una gorda que cobra cinco pesos, vamos y de paso el César le ve la cara a Dios.

Y yo dije macanudo.

–César, esta noche vamos a dar una vuelta con los mucha­chos. Quiero que vengas.

–¿Con los muchachos?

–Sí, qué tiene.

Porque no sólo dije macanudo sino que te llevé engañado. Vos te diste cuenta de todo cuando llegamos al rancho. La luna enorme, me acuerdo. Alta entre los árboles.

–Abelardo, vos lo sabías.

–Callate y entra.

–¡Lo sabías!

–Entra, te digo.

El marido de la gorda, grandote como la puerta, nos mira­ba como si nos midiera. Dijo que eran cinco pesos. Cinco pesos por cabeza, pibes. Siete por cinco, treinticinco. Verle la cara a Dios, había dicho el negro. De la pieza salió un chico, tendría cuatro o cinco años. Moqueando, se pasaba el revés de la mano por la boca, nunca en mi vida me voy a olvidar de aquel gesto. Sus piecitos desnudos eran del mismo color que el piso de tierra.

El negro hizo punta. Yo sentía una pelota en el estómago, no me animaba a mirarte. Los demás hacían chistes brutales, anor­malmente brutales, en voz de secreto; todos estábamos asustados como locos. A Aníbal le temblaba el fósforo cuando me dio fuego.

–Debe estar sucia.

Cuando el negro salió de la pieza venía sonriendo, triun­fador, abrochándose la bragueta. Nos guiñó un ojo.

–Pasa vos.

–No, yo no. Yo después.

Entró el colorado; después entró Aníbal. Y cuando salían, salían distintos. Salían hombres. Sí, ésa era exactamente la impre­sión que yo tenía.

Entré yo. Cuando salí vos no estabas.

–Dónde está César.

–Disparó.

Y el ademán –un ademán que pudo ser idéntico al del negro– se me heló en la punta de los dedos, en la cara, me lo borró el viento del patio porque de pronto yo estaba fuera del rancho.

–Vos también te asustaste, pibe.

Tomando mate contra un árbol vi al marido de la gorda; el chico jugaba entre sus piernas.

–Qué me voy a asustar. Busco al otro, al que se fue.

–Agarró pa aya –con la misma mano que sostenía la pava, señaló el sitio. Y el chico sonreía. Y el chico también dijo pa aya.

Te alcancé frente al Matadero Viejo; quedaste arrinconado contra un cerco. Me mirabas. Siempre me mirabas.

–Lo sabías.

–Volvé.

–No puedo, Abelardo, te juro que no puedo.

–Volvé, animal.

–Por Dios que no puedo.

–Volvé o te llevo a patadas en el culo.

La luna grande, no me olvido, blanquísima luna de verano entre los árboles y tu cara de tristeza o de vergüenza, tu cara de pedirme perdón, a mí, tu hermosa cara iluminada, desfigurándose de pronto. Me ardía la mano. Pero había que golpear, lastimar; ensuciarte para olvidarse de aquella cosa, como una arcada, que me estaba atragantando.

–Bruto –dijiste–. Bruto de porquería. Te odio. Sos igual, sos peor que los otros.

Te llevaste la mano a la boca, igual que el chico cuando salía de la pieza. No te defendiste.

Cuando te ibas, todavía alcancé a decir:

–Maricón. Maricón de mierda.

Y después lo grité. Escúchame, César. Es necesario que leas esto. Porque hay cosas que uno lleva mordidas, trampeadas en la vergüenza toda la vida, hay cosas por las que uno, a solas, se escupe la cara en el espe­jo. Pero, de golpe, un día necesita decirlas, confesárselas a alguien. Escúchame.
Aquella noche, al salir de la pieza de la gorda, yo le pedí, por favor, no se lo vaya a contar a los otros. Porque aquella noche yo no pude. Yo tampoco pude.


Cuentos Completos
Abelardo Castillo

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Historia para pensar

Por Ayatolla.

En una cena de camaradería, en el Club CILSA de la ciudad de Santa Fe, Argentina, que aglutina especialmente a amigos y familiares de niños con capacidades especiales, el padre de uno de estos chicos, pronunció un discurso que nunca será olvidado por las personas que lo escucharon.

Después de felicitar y exaltar a la institución y a todos los que trabajan por y para ella, este padre, hizo el siguiente razonamiento:

- "Cuando no hay agentes externos que interfieran con la naturaleza, el orden natural de las cosas alcanza la perfección. Pero mi hijo, no puede aprender como otros chicos lo hacen. No puede entender las cosas como otros chicos. ¿Donde está el orden natural de las cosas en mi hijo?"

La audiencia quedó impactada por la pregunta.

El padre del niño continuó diciendo:

- "Yo creo que cuando un niño como Facundo, física y mentalmente discapacitado viene al mundo, una oportunidad de ver la verdadera naturaleza humana se presenta, y se manifiesta en la forma en la que otras personas tratan a ese niño".

Entonces contó que un día caminaba con su hijo, por la vereda de un pequeño club de barrio, donde, tras un alambrado, algunos chicos jugaban al fútbol. Facundo le preguntó a su padre: "¿Crees que me dejen jugar?" Su padre sabía que a la mayoría de los muchachitos nos les gustaría que alguien como Facundo jugara en su equipo, pero el padre también entendió que si le permitían jugar a su hijo, le darían un sentido de pertenencia muy necesario y la confianza de ser aceptado por otros a pesar de sus habilidades especiales.

Ingresaron por una abertura del alambrado, que en otro tiempo había poseído un pequeño portón de chapa. Cuando en el transcurso del juego, se acercó al sitio donde estaban parados, el chico que tenía la raída cinta de Capitán de uno de los equipos que estaban jugando, en su brazo izquierdo, y le preguntó (sin esperar mucho) si "Facundo, podría jugar...”

El chico miró alrededor, como buscando alguien que lo aconsejara y dijo: - “Estamos perdiendo por dos a uno... Y al partido le quedan unos quince minutos... Supongo que puede unirse a nuestro grupo de suplentes y trataremos de que entre un rato antes del final.”

Facundo se desplazó con dificultad hasta "el banco de suplentes" y con una amplia sonrisa, se puso una camiseta del equipo, traspirada y abandonada en el suelo por un jugador reemplazado, que, fuera de la cancha, se encontraba absorto, frotándose un tobillo hinchado.

Mientras Facundo se sentaba entre el grupo de los que esperaban su posibilidad de jugar, su padre lo contemplaba. Los otros chicos notaron algo muy evidente: la felicidad del padre cuando su hijo era aceptado.

Cuando faltaban cinco minutos para terminar el partido, el equipo de Facundo logró empatar el encuentro , con un verdadero "cañonazo" increíble, desde la mitad de la cancha, que sorprendió al encandilado arquero, al venir del lado del sol, que caía con la tarde.

Quedaban algunos instantes cuando ocurrió otro hecho notable: una mala entrega de un defensor adversario, permitió al centrodelantero "del equipo de Facundo" hacerse de la pelota en el área y cuando se aprestaba a definir con todas las posibilidades, el defensor, ofuscado por su desafortunada jugada anterior, lo "barrió" desde atrás; pitando el árbitro sin titubear: ¡Penal! ¡Penal sobre la hora...!

En medio de los acalorados festejos del equipo, por la incomparable oportunidad de ganar y "¡sobre la hora!" al tradicional oponente, se vio que el centro delantero, encargado principal de patear los penales, apenas podía ponerse en pie por el fuerte golpe recibido.

Fue allí que el muchachito con la cinta de Capitán del equipo convocó al grupo de jugadores que deliberaba sobre quién patearía la pena máxima y les indicó a todos, a voz en cuello, y señalándolo a Facundo:- "¡Tenemos entre los suplentes, al mejor pateador de penales del equipo! ¡Nos queda un cambio!.”

Y dirigiéndose al árbitro le indicó: - “¡Yo salgo!. ¡Y él entra a patear el penal!”

El referí aceptó la propuesta, mientras autorizaba el relevo de los jugadores, en medio de la sorpresa del resto del equipo del Capitán, que se dirigía hacia Facundo, sentado aturdido en el borde del campo.

Llegó a su lado, le dio la mano y... de un tirón, lo puso de pie, le dio un ligero abrazo y cuando se alejaba despreocupado, giró y le gritó: - “¡Suerte!...” Facundo, obviamente extasiado sólo por estar en el juego y en el campo, sonreía de oreja a oreja mientras su padre lo animaba desde un poco más lejos, mientras en su cabeza un torbellino de preguntas se sucedían sin control: "con esta oportunidad, ¿le dejaban patear y renunciar a la posibilidad de ganar el partido?"

Sorprendentemente, Facundo ingresó a la cancha.

Sus dificultosos pasitos y su desmañada figura, indicaron a todos los jugadores del campo, que un certero disparo por parte de Facundo era imposible. Así hubiera sido un teórico experto en fútbol, todos se dieron cuenta de que no podría, quizás, hacer llegar la pelota al arco.

Sin embargo, mientras se paraba delante de la pelota ubicada en el círculo, a doce pasos del arquero ponente, el padre de Facundo tuvo la fuerte sensación de que quizás..., el otro equipo..., estuviera dispuesto a perder..., ¡para permitirle a su hijo tener un gran momento en su vida!

Facundo se movió unos pasos al frente y golpeó la pelota muy suavemente. El arquero, que notó obviamente la dirección que llevaba el balón, se arrojó hacia ese costado..., ¡pero como para "sacarla" desde el ángulo superior del arco...! ... Mientras la pelota, ingresaba... apenas rodando bajo su cuerpo... ¡y trasponía la línea del gol.!

El árbitro convalidó el tanto y pitó dando por terminado el partido...

Facundo, con sus brazos en alto, rebosando felicidad, giró la cabeza mirando a su padre... mientras (cosa extraña) los jugadores de ambos equipos lo vitoreaban y abrazaban como el héroe que convirtió el gol que dio a su país el campeonato mundial de fútbol ...

“Ese día", dijo el padre, "los chicos de los dos equipos, ayudaron, dándole a este mundo un trozo de verdadero, cálido y prístino, amor humano".

Facundo no sobrevivió otro verano. Murió ese invierno..., sin olvidar nunca haber sido el héroe... y haber hecho a su padre muy feliz...., haber llegado a casa. y ver a su madre llorando de felicidad y ¡abrazando a su héroe del día...!

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Historia para pensar.

Por Ayatolla.

En una cena de camaradería, en el Club CILSA de la ciudad de Santa Fe, Argentina, que aglutina especialmente a amigos y familiares de niños con capacidades especiales, el padre de uno de estos chicos, pronunció un discurso que nunca será olvidado por las personas que lo escucharon.

Después de felicitar y exaltar a la institución y a todos los que trabajan por y para ella, este padre, hizo el siguiente razonamiento:

- "Cuando no hay agentes externos que interfieran con la naturaleza, el orden natural de las cosas alcanza la perfección. Pero mi hijo, no puede aprender como otros chicos lo hacen. No puede entender las cosas como otros chicos. ¿Donde está el orden natural de las cosas en mi hijo?"

La audiencia quedó impactada por la pregunta.

El padre del niño continuó diciendo:

- "Yo creo que cuando un niño como Facundo, física y mentalmente discapacitado viene al mundo, una oportunidad de ver la verdadera naturaleza humana se presenta, y se manifiesta en la forma en la que otras personas tratan a ese niño".
Entonces contó que un día caminaba con su hijo, por la vereda de un pequeño club de barrio, donde, tras un alambrado, algunos chicos jugaban al fútbol. Facundo le preguntó a su padre: "¿Crees que me dejen jugar?" Su padre sabía que a la mayoría de los muchachitos nos les gustaría que alguien como Facundo jugara en su equipo, pero el padre también entendió que si le permitían jugar a su hijo, le darían un sentido de pertenencia muy necesario y la confianza de ser aceptado por otros a pesar de sus habilidades especiales.

Ingresaron por una abertura del alambrado, que en otro tiempo había poseído un pequeño portón de chapa. Cuando en el transcurso del juego, se acercó al sitio donde estaban parados, el chico que tenía la raída cinta de Capitán de uno de los equipos que estaban jugando, en su brazo izquierdo, y le preguntó (sin esperar mucho) si "Facundo, podría jugar...”

El chico miró alrededor, como buscando alguien que lo aconsejara y dijo: - “Estamos perdiendo por dos a uno... Y al partido le quedan unos quince minutos... Supongo que puede unirse a nuestro grupo de suplentes y trataremos de que entre un rato antes del final.”

Facundo se desplazó con dificultad hasta "el banco de suplentes" y con una amplia sonrisa, se puso una camiseta del equipo, traspirada y abandonada en el suelo por un jugador reemplazado, que, fuera de la cancha, se encontraba absorto, frotándose un tobillo hinchado.

Mientras Facundo se sentaba entre el grupo de los que esperaban su posibilidad de jugar, su padre lo contemplaba. Los otros chicos notaron algo muy evidente: la felicidad del padre cuando su hijo era aceptado.

Cuando faltaban cinco minutos para terminar el partido, el equipo de Facundo logró empatar el encuentro , con un verdadero "cañonazo" increíble, desde la mitad de la cancha, que sorprendió al encandilado arquero, al venir del lado del sol, que caía con la tarde.

Quedaban algunos instantes cuando ocurrió otro hecho notable: una mala entrega de un defensor adversario, permitió al centrodelantero "del equipo de Facundo" hacerse de la pelota en el área y cuando se aprestaba a definir con todas las posibilidades, el defensor, ofuscado por su desafortunada jugada anterior, lo "barrió" desde atrás; pitando el árbitro sin titubear: ¡Penal! ¡Penal sobre la hora...!

En medio de los acalorados festejos del equipo, por la incomparable oportunidad de ganar y "¡sobre la hora!" al tradicional oponente, se vio que el centro delantero, encargado principal de patear los penales, apenas podía ponerse en pie por el fuerte golpe recibido.

Fue allí que el muchachito con la cinta de Capitán del equipo convocó al grupo de jugadores que deliberaba sobre quién patearía la pena máxima y les indicó a todos, a voz en cuello, y señalándolo a Facundo:- "¡Tenemos entre los suplentes, al mejor pateador de penales del equipo! ¡Nos queda un cambio!.”

Y dirigiéndose al árbitro le indicó: - “¡Yo salgo!. ¡Y él entra a patear el penal!”

El referí aceptó la propuesta, mientras autorizaba el relevo de los jugadores, en medio de la sorpresa del resto del equipo del Capitán, que se dirigía hacia Facundo, sentado aturdido en el borde del campo.

Llegó a su lado, le dio la mano y... de un tirón, lo puso de pie, le dio un ligero abrazo y cuando se alejaba despreocupado, giró y le gritó: - “¡Suerte!...” Facundo, obviamente extasiado sólo por estar en el juego y en el campo, sonreía de oreja a oreja mientras su padre lo animaba desde un poco más lejos, mientras en su cabeza un torbellino de preguntas se sucedían sin control: "con esta oportunidad, ¿le dejaban patear y renunciar a la posibilidad de ganar el partido?"

Sorprendentemente, Facundo ingresó a la cancha.

Sus dificultosos pasitos y su desmañada figura, indicaron a todos los jugadores del campo, que un certero disparo por parte de Facundo era imposible. Así hubiera sido un teórico experto en fútbol, todos se dieron cuenta de que no podría, quizás, hacer llegar la pelota al arco.

Sin embargo, mientras se paraba delante de la pelota ubicada en el círculo, a doce pasos del arquero ponente, el padre de Facundo tuvo la fuerte sensación de que quizás..., el otro equipo..., estuviera dispuesto a perder..., ¡para permitirle a su hijo tener un gran momento en su vida!

Facundo se movió unos pasos al frente y golpeó la pelota muy suavemente. El arquero, que notó obviamente la dirección que llevaba el balón, se arrojó hacia ese costado..., ¡pero como para "sacarla" desde el ángulo superior del arco...! ... Mientras la pelota, ingresaba... apenas rodando bajo su cuerpo... ¡y trasponía la línea del gol.!

El árbitro convalidó el tanto y pitó dando por terminado el partido...

Facundo, con sus brazos en alto, rebosando felicidad, giró la cabeza mirando a su padre... mientras (cosa extraña) los jugadores de ambos equipos lo vitoreaban y abrazaban como el héroe que convirtió el gol que dio a su país el campeonato mundial de fútbol ...

“Ese día", dijo el padre, "los chicos de los dos equipos, ayudaron, dándole a este mundo un trozo de verdadero, cálido y prístino, amor humano".

Facundo no sobrevivió otro verano. Murió ese invierno..., sin olvidar nunca haber sido el héroe... y haber hecho a su padre muy feliz...., haber llegado a casa. y ver a su madre llorando de felicidad y ¡abrazando a su héroe del día...!

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Vivir no duele

Definitivo, como todo lo que es simple. Nuestro dolor no viene de las cosas vividas, sino de las cosas que fueron soñadas y que no se cumplieron.


¿Por qué sufrimos tanto por amor?


Lo correcto sería que la gente no sufra, apenas agradecer por haber conocido una persona tan linda, que generó en nosotros un sentimiento intenso y que nos hizo compañía por un tiempo razonable, un tiempo feliz.


¿Por qué sufrimos?


Porque automáticamente olvidamos lo que fue disfrutado y comenzamos a sufrir por nuestras proyecciones irrealizadas, por todas las ciudades que nos hubiera gustado conocer al lado de nuestro amor y no conocimos, por todos los hijos que nos hubiera gustado tener juntos y no tuvimos, por todos los espectáculos, libros y silencios que nos hubiera gustado compartir y no compartimos.


Por todos los besos cancelados, por la eternidad.


Sufrimos, no porque nuestro trabajo es desgastante y paga poco, sino por todas las horas libres que dejamos de tener para ir al cine, para conversar con un amigo, para nadar, para enamorar.


Sufrimos, no porque nuestra madre es impaciente con nosotros, sino por todos los momentos en que podríamos estar confidenciando con ella, nuestras más profundas angustias y ella estuviese interesada en comprendernos.


Sufrimos, no porque nuestro equipo perdió, sino por la euforia perdida.


Sufrimos no porque envejecemos, sino porque el futuro nos está siendo confiscado, impidiendo así que mil aventuras nos sucedan, todas aquellas con las cuales soñamos y nunca llegamos a tener.


¿Cómo aliviar el dolor de lo que no fue vivido?


La respuesta es simple como un verso:

Cada día que vivo, me convenzo más de que el desperdicio de la vida está en el amor que no damos, en las fuerzas que no usamos, en la prudencia egoísta que nada arriesga, y que, esquivando el sufrimiento, hace perder también la felicidad.


El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional.


Carlos Drummond de Andrade



El sexo, el dolor y el amor son experiencias límite del hombre. Y solamente aquel que conoce esas fronteras conoce la vida; el resto es simplemente pasar el tiempo, repetir una misma tarea, envejecer y morir sin saber realmente lo que se estaba haciendo aquí.

(Paulo Coelho
)


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miércoles, septiembre 05, 2007

El sendero

En el Jornalinho, de Portugal, encuentro una historia que nos enseña mucho respecto a aquello que escogemos sin pensar:

Un día, un becerro tuvo que atravesar un bosque virgen para volver a su pastura. Siendo animal irracional, abrió un sendero tortuoso, lleno de curvas, subiendo y bajando colinas.

Al día siguiente, un perro que pasaba por allí usó ese mismo sendero para atravesar el bosque. Después fue el turno de un carnero, lider de un rebaño, que, viendo el espacio ya abierto, hizo a sus compañeros seguir por allí.

Más tarde, los hombres comenzaron a usar ese sendero: entraban y salían, giraban a la derecha, a la izquierda, descendían, se desviaban de obstáculos, quejándose y maldiciendo, con toda razón. Pero no hacían nada para crear una nueva alternativa.

Después de tanto uso, el sendero acabó convertido en un amplio camino donde los pobres animales se cansaban bajo pesadas cargas, obligados a recorrer en tres horas una distancia que podría haber sido vencida en treinta minutos, si no hubieran seguido la vía abierta por el becerro.

Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle principal de un poblado y, posteriormente, en la avenida principal de una ciudad. Todos se quejaban del tránsito, porque el trayecto era el peor posible.

Mientras tanto, el viejo y sabio bosque se reía, al ver que los hombres tienen la tendencia a seguir como ciegos el camino que ya está abierto, sin preguntarse nunca si aquélla es la mejor elección.

El Semanal", nº 729
Paulo Coelho

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martes, septiembre 04, 2007

Las margaritas

El doctor Michaelson estaba enseñando a su mujer, cuyo nombre era señora Michaelson, su combinación de laboratorio e invernadero. Era la primera vez que ella iba allí en muchos meses y se había añadido un poco más de equipamiento.

–¿Entonces hablabas en serio, John –le preguntó ella finalmente–, cuando me dijiste que estabas experimentando en la comunicación con flores? Creí que estabas bromeando.


–No del todo –dijo el doctor Michaelson–. Al contrario de lo que cree la gente, las flores tienen un cierto grado de inteligencia.


–¡Pero seguramente no pueden hablar!


–No como hablamos nosotros. Pero contrariamente a lo que la gente piensa, se comunican. Telepáticamente, eso sí, y en imágenes pensadas más que las palabras.


–Entre ellas quizás, pero seguramente. ..


–Contrariamente a lo que la gente piensa, querida, incluso la comunicación humano-floral es posible, aunque hasta ahora sólo he podido establecer comunicación en una dirección. Es decir, puedo captar sus pensamientos, pero no enviarles mensajes desde mi mente a la suya.


–Pero... ¿cómo funciona, John?


–Contrariamente a lo que la gente piensa –dijo su marido–, los pensamientos, tanto humanos como florales, son ondas electromagnéticas que pueden ser... Espera, será más fácil si te lo muestro, cariño.


Llamó a su ayudante que estaba trabajando al otro lado de la habitación:


–Señorita Wilson, ¿podría traer el comunicador?


La señorita Wilson trajo el comunicador. Era una cinta para la cabeza de la que salía un cable que llegaba a una barra delgada con un asa aislada. El doctor Michaelson puso la cinta alrededor de la cabeza de su esposa y la barra en su mano.


–Es muy simple de usar –le dijo–. Sujeta la barra cerca de la flor y actuará como una antena que recogerá sus pensamientos. Y así veras, que contrariamente a lo que la gente piensa...


Pero la señora Michaelson no estaba escuchando a su marido. Estaba sujetando la barra cerca de un macizo de margaritas en el alféizar. Después de un momento soltó la barra y cogió un pequeño revolver de su bolso. Disparó primero a su marido y después a su ayudante, la señorita Willson.


Contrariamente a lo que la gente piensa, las margaritas hablan.


50 Cuentos Fantasticos

Fredric Brown

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El circo

Cuando yo era adolescente, en cierta oportunidad estaba con mi padre haciendo fila para comprar entradas para el circo. Al final, solo quedaba una familia entre la ventanilla y nosotros. Esta familia me impresionó mucho. Eran ocho chicos, todos probablemente menores de doce años.

Se veía que no tenían mucho dinero. La ropa que llevaban no era cara, pero estaban limpios. Los chicos eran bien educados, todos hacían bien la fila, de a dos detrás de los padres, tomados de la mano. Hablaban con excitación de los payasos, los elefantes y otros números que verían esa noche.

Se notaba que nunca antes habían ido al circo. Prometía ser un hecho sobresaliente en su vida. El padre y la madre estaban al frente del grupo, de pie, orgullosos.

La madre, de la mano de su marido, lo miraba como diciendo: "Eres mi caballero de brillante armadura". El sonreía, henchido de orgullo y mirándola como si respondiera: "Tienes razón". La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuántas entradas quería. El respondió con orgullo:
"Por favor, deme ocho entradas para menores y dos de adultos".

La empleada le indicó el precio. La mujer soltó la mano de su marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse. Este se acercó un poco más y le preguntó: ¿Cuánto dijo?". La empleada volvió a repetirle el precio.

¿Cómo iba a darse vuelta y decirle a sus ocho hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo?. Viendo lo que pasaba, papá puso la mano en el bolsillo, sacó un billete de veinte dólares y lo tiró al suelo. (Nosotros no éramos ricos en lo absoluto). Mi padre se agachó, recogió el billete,
palmeó al hombre en el hombro y le dijo:

"Disculpe, señor, se le cayó esto del bolsillo".

El hombre se dio cuenta de lo que pasaba. No había pedido limosna, pero sin duda apreciaba la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incómoda. Miró a mi padre directamente a los ojos, con sus dos manos le tomó la suya, apretó el billete de veinte dólares y con labios trémulos
y una lágrima rodándole por la mejilla, replicó:

"Gracias, gracias señor. Esto significa realmente mucho para mi familia y para mí".

Papá y yo volvimos a nuestro auto y regresamos a casa. Esa noche no fuimos al circo, pero no nos fuimos sin nada ...


"No des lo que te sobra". "Da con alegría y hasta que te duela"

Madre Teresa de Calcuta.

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sábado, septiembre 01, 2007

Cuenta la antigua leyenda que un niño que estaba por nacer le dijo a Dios:

-Dicen que me vas a enviar mañana a la tierra pero ¿cómo viviré tan pequeño e indefenso como soy?

-Entre muchos ángeles te escogí uno para ti, que te está esperando, él te cuidará.

-Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz. Y ¿cómo
entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma en que hablan los hombres?

-Tu Ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y cariño te enseñará a hablar.

-Y ¿qué haré cuando quiera hablar contigo?

-Tu Ángel te juntará las manitas y te enseñará a orar.

-He oído que en la tierra hay hombres malos ¿Quién me defenderá?

-Tu Ángel te defenderá aún a costa de su propia vida.

-Pero estaré siempre triste porque no te veré más Señor.

-Tu Ángel te hablará de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado.

En ese instante una paz reinaba en el cielo, pero se oían voces terrestres y el niño presuroso repetía suavemente.

-Dios mío, si ya me voy dime su nombre. ¿Cómo se llama mi ángel?

-Su nombre no importa; tú le dirás MAMÁ...

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